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El vino amarillo
Algo que quizás pocos conocen, y que El
Gourmet disfruta, es el “vino amarillo” que es cultivado
con singular paciencia por los bodegueros de Jura, el punto del
mapa donde Francia se hermana con Suiza.
Se lo considera uno de los mejores vinos del planeta. El “vino
amarillo” que es elaborado con uva savagnin, una
uva típica de la región y única en el mundo.
Las antiguas cepas trepan con destreza por las azules laderas de
los Montes Jura y, recostándose sobre sus pendientes gozan
del tibio sol del corto verano.
El Gourmet sabe muy bien que
este vino es escaso: tan solo 300 hectáreas de viñedos,
un poco más del 15% de la región. Su textura tan particular
y el amarillo tan diáfano es el fruto del descanso en barrica
de encina a lo que se le suma su extraordinaria capacidad de envejecimiento
bajo velo (que quiere decir: envejecimiento bajo una capa de levadura
que el mismo desarrolla y le sirve para protegerse de la oxidación).
No sorprende al Gourmet saber que estas levaduras necesitan, para
una justa maduración, seis años y tres meses, si,
2.282 dias, durante los cuales el vino pierde por evaporación
más del 60% del contenido. Pero, contra todos los pronósticos,
esto no ocupa la cabeza de estos artesanos que admiten con inmensa
alegría que lo que se va “se lo llevan los ángeles”.
Un vino que ha estado durmiendo durante seis años y tres
meses, bien merece al despertar una gran fiesta. La Percée
du Vin Jaune (perforación del barril) es la celebración
por distintos pueblos del Condado, en donde los barriles de 228
litros son llevados a hombros o bien, transportados sobre carros
tirados por bueyes y acompañados por los redobles de tambores
hasta la elevada explanada del castillo o la iglesia. Este acontecimiento
es todo un reto: allí, el Commandeur de la Confrèrie
de Noble Vins du Jura golpea con el martillo el grifo del barril
y un chorro de oro da inicio a la fiesta. Miles, de manos cada una
acompañada de sus respectivos vasos se acercan apresuradamente,
mientras un jurado da su veredicto inapelable. Los que resulten
premiados integrarán la cartelera de los
vinos más caros del mundo (el precio de una botella de
vino amarillo oscila entre los 28 a 3800 euros). Y los desechados
pasando por un mal sueño de años y que sólo
servirán para teñir de amarillo las mesas de las casas
del Franco Condado; algo que por cierto, no es un mal destino: ni
para las mesas ni para el vino.
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