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San Martin de los Andes
El magnífico entorno de cerros y lagos de
San Martin de los Andes, en Neuquén, Argentina, es ideal
para múltiples propuestas del turismo aventura.
Es un lugar que he tenido la suerte de conocer
y pasar unos cuantos días, la única palabra que se
me ocurre para definirlo es ¡fantástico! Vamos a poder
encontrarnos con lagos transparentes, ríos y bosques que
descienden desde la Cordillera, San Martin de los Andes tiene todo
el aspecto de aldea de montaña con alguna pretensión
de ciudad.
Es la base imprescindible para disfrutar de las recurrentes bellezas
naturales que se distribuyen alrededor, un collar brillante y dotado
de colores que encandilan: desde el azul intenso de los lagos hasta
los picos nevados, todo reluce en este rincón seductor, atravesado
por sonidos agradables y largos silencios.
El pavimento que serpentea desde Bariloche y Villa La Angostura
anticipa imágenes de la magnificencia natural que espera
a los turistas más al norte, donde la vistosa Ruta de los
Siete Lagos es adornada por una larga secuencia de bosques de lengas,
ñires y coihues sólo interrumpidos por hilos de agua
que surgen envueltos en un murmullo apenas perceptible. Ya desde
esa coqueta antesala del Parque Nacional Lanín es posible
pasar de la mera contemplación a tomar parte activa del paisaje.
Más que eso, sería lo ideal para estrecharse en un
abrazo reconfortante con tanta belleza.
Por ejemplo, esa amable sugerencia del entorno puede empezar a
plasmarse a través de una cabalgata por el cerro Abanico,
con una vista permanente del lago Lácar a los pies. Los pliegues
inferiores de la ladera verde surgen como una aparición y,
de a poco, invaden los sentidos. Cada alazán que cabalga
hasta la cascada Quila Quina se toma su tiempo para dar cada paso
sin desviarse del sendero. Frena y toma impulso antes de superar
un vado. Pero después apenas trota y retoma el ritmo parsimonioso.
Semiocultos por una alfombra de flores silvestres, los pobladores
no dejan de hachar, cargar leña, arrear ovejas y reforestar
robles y raulíes.
Una cascada en las alturas
Más arriba, el camino se estrecha, muta en una angosta huella
que se acomoda con dificultad en la cornisa y una espesa cortina
de pellines, cipreses, raulíes, coíhues y radales
se encarga de perfumar, refrescar y ensombrecer el ambiente. Del
lago apenas se espían delgadas vetas celestes. Entonces,
la furiosa cascada que se transforma en el río Quila Quina
gana el centro de la escena.
En San Martín de los Andes, cada detalle
de la Naturaleza ejerce un extraño influjo sobre los visitantes.
Por eso, induce a buscar el momento preciso para embarcarse en cada
uno de los paseos posibles. El abordaje del circuito de los Siete
Lagos debería despegar con una navegación de día
entero por el lago Lácar. El trayecto en lancha brinda la
posibilidad de recrear la vista (una obviedad en estos parajes)
en el paraje Hua Hum -recostado sobre el límite con Chile-
y la villa turística Quila Quina.
Del mismo modo, se puede disfrutar durante horas de la magnificencia
del lago Escondido y las termas de Queñi a través
de una excursión al Parque Nacional Lanín en 4x4.
Hacia el norte, pasando por la pintoresca iglesia y el Centro Cultural
Mapuche de Junín de los Andes, el río Chimehuín
viborea, en un trayecto a pedir de los más experimentados
pescadores de truchas con mosca. A su vez, un catamarán hace
frente al intenso oleaje de los lagos Huechulafquen y Epulafquen,
hasta alcanzar la franja de lava de 6 km del volcán Achen
Niyeu. Para coronar tal exquisitez, se levanta al fondo la cumbre
siempre nevada del volcán Lanín (de 3.776 m de altura)
y el manchón verdoso del lago Paimún.
En la ciudad, la gastronomía es una acabada síntesis
de los tentadores sabores de la zona: el paladar se solaza con abundantes
platos a base de trucha, ciervo, cordero, guanaco y jabalí
y salsas de hongos o de frutos rojos. Las piezas sueltas se suman
y parecen perderse en un plano infinito. Son los brillos de una
joya preciada, posible de alcanzar.
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