Luarca, en Asturias, sobre el mar Cantábrico,
tiene un encanto secreto para vivir el rito de la sidra y probar los mariscos
más ricos.
La Villa Blanca de la Costa Verde, así la llaman,
por sus casitas de estilo marinero que se recuestan sobre los furiosos
acantilados del Mar Cantábrico. Un casco antiguo y hermosas playas
donde se comen los más ricos mariscos de Asturias. Luarca vio su
nacimiento como refugio de pescadores y aún es la perla escondida,
de una belleza intacta, sin descubrir por el gran público.
Aquellos viajeros que han llegado hasta ahí lo
saben bien: solo basta sentarse en la terraza de cualquier cafetería
de la zona del puerto a beberse una sidra asturiana y dejar que Luarca
nos invada los sentidos.
Una ciudad de mar
Esta situada sobre la costa occidental de Asturias, Luarca
fue construida alrededor de una pequeña ensenada con forma de S,
esta rodeada de una impactante belleza natural: mar, valles frondosos
y acantilados que dan encierro a calmas playas de aguas transparentes.
Por siglos, fue un importante puerto ballenero y todavía
hoy día, la vida de la población gira en torno del mar y
la actividad pesquera.
La ciudad esta partida en dos por el Rio Negro, aunque
siete puentes vuelven a unirla (imperdible no subir hasta Villar para
contemplar el bellísimo panorama). Algunos tienen historia propia,
como el Puente del Beso, donde cuenta la leyenda, un hombre decapito a
su hija y al amante mientras estaban besándose apasionadamente.
No lleva mucho trabajo sentirse a gusto en Luarca, entre
aroma de hortensias y la clásica hospitalidad de los asturianos,
que son amables pero sin excesos.
Sidras y mariscos
No debe haber mejor lugar en España donde descubrir
el rito de la sidra asturiana (natural, no espumosa), invita a disfrutar
en mesas al aire libre, una charla entre amigos, el sentido de la camaradería
que supone el que todos beban de un mismo vaso. Su sabor no es perfecto
si no la estancia un entendido, desde lo alto, y se la bebe sin respiro
de un solo trago.
En las tabernas de los viejos barrios, encantadores lugares
marineros, colgados sobre el puerto, estrechas callejuelas: el barrio
de la Pescadería, el barrio de Cambaral, la calle de la Zapatería,
la calle de la Carril, la calle de la Peña. Todos barrios de origen
medieval, rodean el puerto y la iglesia parroquial de Santa Eulalia. La
mayoría de las casas son pequeñas, de mampostería
de pizarra, que se distribuyen de forma anárquica, dando forma
a un entramado de callecitas. Al final del Cambaral se encuentra la famosa
Mesa, con los paneles de cerámica que van relatando la historia
de la villa a lo largo de los siglos.
Para probar las deliciosas especialidades asturianas,
la zona ideal es la del puerto: en Sport los mariscos son increíbles
y en El Barómetro, un restaurante marinero con una bonita
terraza, la paella y los calamares en su tinta son insuperables
y bastante baratos.
Sus playas están entre la más limpias y
bellas de España. Las mas populares son la Primera y la Segunda
(son angostas) y la de Salinas (se la conoce como playa tercera y es mucho
mas atractiva). Barayo, es una playa nudista, y, a tan solo 5 km, el paraíso
escondido de Playa de Otur, de arena y grandes bloques rocosos. Se puede
subir a los miradores, que enmarcan la ciudad.
Hay una Luarca más burguesa para conocer, la que
nació en el siglo XIX y donde se concentran las tiendas y el espíritu
mundano. Vale la pena también visitar la medieval Fuente del Bruxo,
la torre de Villademoros, la Rula (donde se subastan pescados y mariscos),
el Palacio de los Marqueses de Ferrera (del siglo XVIII), el edificio
del ayuntamiento y el cementerio: hay que seguir el consejo de los luarqueses
y visitarlo, es precioso.
Para conocer hay una Luarca más burguesa, aquella
que nació en el siglo XIX, donde se concentran las tiendas y el
espíritu mundano. Valdrá la pena visitar la medieval Fuente
del Bruxo, la Torre de Villademoros, la Rula (donde se subastan pescados
y mariscos), el Palacio de los Marqueses de Ferrera (del siglo XVIII),
el edificio del ayuntamiento y el cementerio: hay que escuchar y seguir
el consejo de los luarqueses y visitarlo, es precioso.
Desde el mirador y la ermita de La Atalaya, junto
al cementerio, hay una vista magnífica de Luarca, con sus
casitas.